Sol de media tarde
entre marisma
entre esteros.
El agua mece la historia
con añoranza filipina.
Por Antonio Cabezas
Antonio Cabezas García
Hombre occidental,
tu miedo al Oriente
¿es miedo a dormir o a despertar?
(Antonio Machado)
Si pierdes una guerra,
te llamarán un pueblo primitivo.
Pero si la ganaras,
te llamarán el peligro amarillo.
(Poema japonés en 1907)
En febrero de 2004 asistí en Barcelona al Foro España-Japón, organizado por los Ministerios de Asuntos Exteriores de los dos países, donde se dieron datos sobre la ignorancia mutua a nivel popular. El japonés medio conoce muy poco sobre España, pero al menos carece de prejuicios y no acepta ningún dato falso.
¿Qué conoce sobre Japón el español medio? En el capítulo de valores, conoce, primero, una serie de nombres de empresas o marcas industriales: los coches Toyota, Nissan, Honda y Mitsubishi; las motos Yamaha, Honda, Suzuki y Kawasaki; las cámaras fotográficas Nikon, Canon, Minolta y Olympus; los relojes Seiko, Citizen y Casio; y los televisores Sony, Matsushita, Tóshiba y Hitachi.
También conoce las artes marciales: judo, karate, aikidó y sumó.
Conoce, muy probablemente, algunos platos típicos: sushi, sashimi, tenpura, sukiyaki o miso-shiru.
Desde que el presidente Felipe González lo popularizara, conoce el bonsai.
Es muy posible que conozca el haiku, la poesía más breve del mundo, cuyo ejemplar más famoso fue traducido por Valle-Inclán diciendo:
El espejo de la fontana,
al zambullirse de la rana,
hace: ¡Zas!
Evidentemente es una traducción algo esperpéntica, pues sería más preciso decir:
Un viejo estanque.
Se zambulle una rana,
ruido del agua.
El español medio conoce también las mangas y dibujos animados del Japón.
Finalmente, habrá visto en algún lugar algunos de los dos mil ideogramas que los japoneses adoptaron como escritura, aprendiéndolos de China en el siglo VI después de Cristo.
En el capítulo de defectos, los españoles estamos informados sobre la tremenda crisis financiera que padece Japón desde 1989, de la que va saliendo poco a poco.
También hay noticias sobre los yákuza o mafiosos japoneses. Asimismo ha habido algunas películas y libros recientes sobre las geisha.
Y en la prensa se nos suele hablar sobre la captura de ballenas que Japón realiza con fines científicos y las matanzas de delfines, para que no se coman otros peces que entran en la dieta del país.
Yo he venido siguiendo lo que informan nuestros medios sobre Japón desde 1996, año en que volví a España después de permanecer allí unos cuarenta años. Puedo certificar que más del 80 % de las noticias tenían que ver con la crisis económica, que es en realidad una crisis financiera, del conjunto del sistema bancario, y no de la economía entera, cuya salud es innegable. ¿Qué dirían ustedes si todo lo que se dijese sobre España en el extranjero fuera el lamentable nivel de desempleo y la precariedad de los contratos a los jóvenes, o bien la actividad inacabable de la ETA para conseguir la liberación y la independencia del pueblo vasco?
Asia entera, y no solo Japón, necesita urgentemente un trato más objetivo y comprensivo por parte de nuestros medios. Ortega y Gasset decía que una de las misiones de la universidad es subsanar la ligereza y frivolidad de la prensa, impartiendo conocimientos sobre el contexto histórico, ideológico y social de las noticias escuetas de cada día. Daba como ejemplo el tratamiento insuficiente y disparatado que la prensa europea reservaba para nuestra guerra civil. Ortega escribía esto en 1937.
Por todo esto, pero también por otras razones, nace ahora, en esta fecha histórica de marzo de 2007, el Centro de Cultura Asiática de la Universidad Onubense.
Cuando Colón zarpó de Palos, buscaba el camino más rápido hacia Zipangu (Japón) y Catay (China), llevando cartas de nuestros reyes para los emperadores de estos dos países orientales. La expedición no alcanzó Japón y China, siendo nuestros hermanos portugueses quienes llegaron allá primero: en 1498 a la India, en 1517 a China y en 1543 a Japón. Pero Colón y sus valientes descubrieron un continente nuevo, donde los onubenses hicieron contribuciones importantes. Cuando España, después de la aventura de Magallanes en 1519 y la conquista de Filipinas por Legazpi en 1567, hizo acto de presencia en el Oriente, también hubo onubenses protagonistas de gestas ilustres. Por lo que respecta a Japón, el piloto que recomendó a Urdaneta en 1565 volver a México desde Filipinas navegando por el paralelo 42º Norte, fue un onubense, Lope Martín, el cual es el verdadero descubridor de la “ruta de retorno”, que habían estado buscando infructuosamente cinco expediciones previas durante cuarenta años. Debo este dato a mi amigo e insigne inestigador onubense Alberto Casas. El primer embajador del rey de España al caudillo de Japón fue en 1611 un marino onubense, Sebastián Vizcaíno. Y entre los mártires de Japón se encuentran dos onubenses: el lego franciscano de Ayamonte Fray Vicente Ramírez y el soldado Alfonso Gallego, de Villarrasa, degollado precisamente el 3 de agosto de 1640 junto con los demás tripulantes del último galeón portugués en fondear en Japón, que a partir de entonces entró en un período de aislamiento hasta 1854.
De todo esto y mucho más se ocupará el nuevo Centro de Cultura Asiática. No somos pioneros en tener tal centro, pero podemos ser los primeros en crear uno verdaderamente moderno e integral, aprendiendo de los ya existentes y añadiendo objetivos nuevos.
Voy a dedicar el resto de esta conferencia a hablar de los valores ocultos de Japón. En un programa televisivo que hicimos en Madrid para la televisión autonómica de Valencia, estuvimos hablando Luis Carandell, Federico Lanzaco (gran japonólogo, fue mi profesor de lengua japonesa), Isidro Palacios, Fernando Sánchez Dragó y yo sobre las excelencias del Japón. En un descanso a mitad de la grabación, el productor, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos pidió que nos refiriésemos también a sus defectos, a sus demonios familiares. Tuvimos que exprimir algo el cerebro para satisfacer esta petición e Isidro Palacios se negó a mencionar ninguno. Evidentemente Japón tiene limitaciones y deficiencias, como todo lo humano, pero aparte de que muchos de sus defectos también os tenemos nosotros, de poco nos aprovecha ponernos a examinar la pajita en ojo ajeno.
¿Cuales son los valores ocultos de Japón? ¿Y cómo es posible que a pesar de llevar ya más de siglo y medio de relaciones, todavía sea tan desconocido este país?
En primer lugar, la superioridad científica y técnica de Occidente cuando se puso en contacto con China y Japón a mediados del XIX; y la superioridad del sistema democrático y las estructuras jurídicas y económicas.
En segundo lugar, el etnocentrismo occidental y las ínfulas de superioridad, en vista de las palpables deficiencias del Oriente: las castas hindúes, la explotación del campesinado chino, la zafiedad y crueldad del sistema samurai, el paganismo, la fealdad de la raza mongólica desde la perspectiva del canon griego de belleza, la rareza de ciertas recetas culinarias…
En tercer lugar, la dificultad de las lenguas orientales. Un misionero decía que habían sido inventadas por el demonio para dificultar la conversión de los gentiles.
En cuarto lugar, la distancia geográfica y la falta de contacto humano directo.
Y en quinto lugar, una cierta mentalidad de segregación cultural. Como decía Kipling: “El este es el este, y el oeste oeste. Y nunca este par se unirá”. Es decir, las cosas orientales están bien para el oriente, no para nosotros.
Aunque hay más valores desconocidos, voy a concentrarme en siete, por ser siete valores que contrastan con siete problemas irresueltos que tenemos en España.
Japón no tiene desempleo.
Japón tiene un bajísimo índice de delincuencia.
Japón no se ve azotado por la droga.
Japón se ve libre de listas de espera en los hospitales.
Japón goza de una admirable estabilidad social y política.
Japón posee un altísimo nivel educativo.
Y Japón es un país laico, con verdadera libertad religiosa.
Examinemos brevísimamente cada uno de estos temas.
Sobre el desempleo. Los datos oficiales hablan de un 4 o 4’5 %. Pero estos datos no dicen quienes componen ese 4’5 %. ¿Son jóvenes recién graduados o padres de familia? En modo alguno. Generalmente son madres de familia, cuyos hijos ya no son niños, y por eso desean encontrar un puesto de trabajo fijo. A estas honradas señoras no les falta trabajo eventual o por horas, que no está mal remunerado, pero no ofrece los beneficios de un empleo estable.
¿Cómo ha conseguido Japón este nivel de pleno empleo? Por su sistema social de inserción laboral. El Estado, las empresas y la sociedad aceptan, sin necesidad de leyes al efecto, que la mujer recién casada y, sobre todo, la que tiene niños pequeños que criar, permanezca en su casa, alejada del mercado laboral. Pero su marido recibe unos ingresos suficientes para llevar una familia y, lo que es más importante, seguridad de empleo vitalicio. Si por alguna extraña circunstancia la empresa tiene que recortar su plantilla, no dejará a sus empleados en la calle, sino que les buscará algún puesto con contrato indefinido en alguna de las empresas con las que se integra para formar lo que se llama un grupo empresarial.
La economía japonesa está constituida por una veintena de grandes grupos de empresas. Dentro de un grupo cada empresa está dedicada a un sector productivo distinto; pero todas tienen el mismo nombre y se ayudan mutuamente. Así, existe un Banco Mitsubishi, una Naviera Mitsubishi, Automóviles Mitsubishi, Electrónica Mitsubishi etc. Además, hay miles de pequeñas y medianas empresas que trabajan para las grandes en un sistema especial de integración, llamado keiretsu, o estructuración piramidal. Como consecuencia, las empresas pequeñas sienten la protección de las grandes. Al mismo tiempo, las empresas de un mismo sector, aunque pertenezcan a grupos diferentes, se reúnen periódicamente para colaborar, frenando los cambios bruscos del mercado.
Quisiera recordarles algo poco conocido. Todos saben que Japón es en potencia productiva la segunda economía del mundo. Lo que casi nadie sabe es que su fuerza económica es mayor que la tercera, la cuarta y la quinta economía juntas. Esto es, Japón tiene más peso económico que Alemania, Inglaterra y Francia juntas.
Sobre el bajo índice de delincuencia. Hay que buscar, como siempre, una explicación. Es cierto que existen grupos mafiosos muy poderosos. ¿Pero a qué se dedican? Lo primero y más importante, al juego, que está prohibido en Japón. El poco que se permite – las apuestas del hipódromo, la lotería nacional y el pachinko o máquinas tragabolas – está controlado de una forma o de otra por el Estado. En sesiones privadas de juego es donde la mafia gana más dinero. Lo segundo, se encarga de trasportar la droga dura, fundamentalmente la heroína, de sus centros de producción en Indochina al mercado americano. No la trafica en Japón por ser un delito muy castigado, aunque no tanto como en algunos países del sudeste de Asia, donde acarrea la pena de muerte. Lo tercero, la mafia controla la prostitución, mayormente llevando al país a muchachas de otras naciones de Asia con visado de artistas, por un período no prorrogable de seis meses.
No es muy conocido que la mafia japonesa realiza operaciones perfectamente legales, como servicio de seguridad personal o empresarial y promoción de artistas japoneses. Otras operaciones son ilegales, pero en favor del gobierno, como cuando se encargan de mover internacionalmente dinero negro en beneficio de ciertos políticos. O como cuando se encargan de reunir el apoyo financiero necesario para la elección, por los barones del partido, del siguiente primer ministro de la nación. Pero la mafia no altera la seguridad del ciudadano ordinario.
Puede decirse que en Japón hay poca delincuencia porque existe pleno empleo y una policía eficiente, que controla todos los rincones del país, teniendo pequeñas comisarías o puestos de policía de barrio, donde los agentes conocen en persona a los residentes y los visitan regularmente.
Sobre la droga. A lo dicho hay que añadir que Japón ha atacado las raíces del problema, combatiendo los motivos que arrastran a la gente a consumirla. No todas las drogas son iguales: la heroína un escape, la cocaína un estimulante, los alucinógenos una aventura incierta y las cannabáceas una potenciación sensorial. La sociedad japonesa procura que el común de la gente, por lo pronto, carezca de angustias de supervivencia; luego, inculca una ética de moderación, algo que viene tanto del budismo como, sobre todo, de la ética de Confucio y Lao Tse, que han sido desde hace mil trescientos años las ideologías prevalentes.
Sobre asistencia sanitaria. Está organizada de forma que los ciudadanos cubiertos por la seguridad social, sea estatal o privada, pueden acudir a la clínica u hospital que deseen, donde el titular paga el 10 % de los honorarios del doctor y sus familiares el 30 %; con la salvedad de que si en un determinado espacio de tiempo los gastos médicos rebasan cierto límite, la seguridad social devuelve el excedente. Los médicos y hospitales, que son casi todos privados (sólo son públicos los hospitales anejos a las facultades de medicina de las universidades públicas), pasan factura a la seguridad social, que cubre la diferencia entre lo pagado por el paciente y la factura del médico. Una vez expliqué este sistema a un amigo, el cual me dijo: “¿Y no se conchaban los médicos con sus amigos para defraudar a la seguridad social, yendo a partes iguales del beneficio?”. Teóricamente el chanchullo es posible, pero a ningún médico japonés se le ocurre perpetrar esa martingala, primero, por las terribles sanciones que caerían sobre su cabeza en caso de ser descubierto, y segundo, porque con el sistema vigente, limpiamente observado, los médicos ganan muchísimo y no necesitan exponerse a peligro alguno.
Como es lógico, este sistema impide la aparición de interminables listas de espera.
Sobre la estabilidad social y política. El 80 y tantos por ciento de los japoneses se consideran de clase media. Aunque es muy fácil divorciarse, de hecho hay pocas rupturas conyugales y ello por varios motivos. Primero, aunque existe el régimen de gananciales, es la excepción; las esposas que se divorcian no suelen recibir del marido, por sentencia judicial, sino lo necesario para vivir seis meses, durante los cuales deben buscarse un trabajo o un nuevo marido. Segundo, las esposas suelen tolerar el dominio absoluto del marido, y sus posibles infidelidades, para no dejar a sus hijos sin la protección del padre. Tercero, los maridos no desvían hacia sus vicios o relaciones extraconyugales sus ingresos laborales, siendo casi una norma que la esposa administre las finanzas de la familia. La mentalidad general es que la esposa, desde su boda hasta la graduación universitaria de los hijos, se dedique a su educación y sea ama de casa, mientras el marido trabaja para sostener económicamente a su familia. ¿Que esto es muy antiguo? ¿Y qué importa, si funciona? ¿Estamos mejor nosotros con nuestras ideas posmodernas?
La estabilidad política parece cosa de brujería. El Partido Liberal Demócrata, conservador moderado, no ha perdido ninguna elección en más de cincuenta años. Pero hay cosas típicas de Japón: la ciudadanía no le dedica mucho tiempo ni atención a la política, y los políticos suelen hablar muy poco. El país funciona porque los veintitantos grupos empresariales funcionan como un reloj, porque la burocracia es eficiente y apolítica, y porque los gobiernos no pretenden controlarlo todo y regularlo todo.
Sobre el alto nivel educativo. Tenemos datos fidedignos, recogidos por organismos internacionales. La educación en Japón no carece de deficiencias, siendo la principal un exceso de memoricismo y escasa formación de creatividad e inventiva personal. Pero la educación en general está impecablemente organizada, tanto que en los cuarenta años que residí allí el plan de educación no cambió en absoluto. Lo más importante, a mi modo de ver, es que el historial académico repercute en la carrera profesional, sin que interfieran en el asunto el amiguismo, el clientelismo político, las conexiones familiares y la picaresca tan frecuente entre nosotros. Desde 1868 se impuso en Japón la meritocracia más inflexible. Entre nosotros, aparte de los enchufes, actúa también eso que se llama paridad de género. Mientras redacto estas líneas leo en El País, con fecha del 22 de marzo, el siguiente mensaje electrónico al director: Soy mujer y me avergüenza la mera idea de que un hombre válido no pueda ocupar un cargo porque hay que cumplir con la paridad y su lugar lo ocupe la primera inepta que pase. Talia666.
En la educación japonesa lo más importante es acceder a una universidad de prestigio, aprobando un riguroso examen competitivo donde no valen las recomendaciones. En mi universidad para las cien plazas libres en el Departamento de Español solían presentarse mil estudiantes. Durante el bachillerato los estudiantes literalmente se matan estudiando para acceder a una universidad lo más famosa posible. Los años universitarios no son de tanta intensidad, pero en cuanto se incorporan al trabajo, deben seguir estudiando, para realizar cada vez con más eficiencia su tarea específica.
Al paso que la inmensa mayoría de los institutos son públicos, el 85 % de los universitarios está matriculado en centros privados, que aunque reciben algunas ayudas del Estado, no dependen de un control minucioso por parte del Ministerio de Educación.
Sobre la libertad religiosa. El 66 % de los japoneses se confiesa agnóstico o no afiliado a ninguna religión organizada. Muchos de estos presuntos incrédulos aceptan de un modo vago o definido la existencia de Dios y hasta la supervivencia del hombre tras la muerte, pero aborrecen la servidumbre, el sectarismo y la beatería de las religiones institucionalizadas. Por eso, el escaso clero existente, sea budista, shintoista o cristiano, carece de poder político y se guarda muy mucho de interferir en la vida pública con declaraciones y conminaciones urbi et orbi. Existe una total libertad de expresión religiosa, pero el hecho es que casi nadie habla de religión, considerándose algo de escaso tacto y muy mal gusto. En Japón no se habla ni de religión, ni de política de partidos, ni de lo que uno gana. Claro que luego llega Hacienda y publica en cada provincia la lista de los contribuyentes que han declarado una renta bruta de más de un millón de pesetas al mes.
Por cierto, y volviendo al tema religioso, los japonesas eran tradicionalmente fieles adeptos de tres sistemas religiosos. Como japoneses eran shintoistas, una religión primitiva y autóctona, llena de optimismo y libertad moral. Como discípulos de Buda se ocupaban de evitar el sufrimiento en esta vida, liberándose de las pasiones y obsesiones a través de la meditación y el ascetismo. Y como seguidores de los sabios chinos Confucio y Lao Tse, acataban sus instrucciones éticas.
Pasaron los años. Algo antes de la II Guerra Mundial el Ministerio de Educación publicó un rescripto diciendo que el shinto dejaba de ser una religión propiamente dicha para pasar a ser un ceremonial patriótico. Yo he visto al obispo alemán Ross rezar en el famoso santuario shintoista de Yasukuni, donde se rinde homenaje a los soldados japoneses caídos en combate, entre los cuales hay también algunos criminales de guerra (criminales de guerra según el dictamen de los Tribunales Aliados victoriosos, que los japoneses no tienen por qué aceptar).
El budismo perdió el apoyo de los japoneses a raíz de la modernización del país a finales del XIX, si no ya antes. Pero todavía está arraigado en las zonas rurales, donde solo vive el 20 % de la población.
Honradamente, pienso que nos sería de gran provecho espiritual conocer por qué los japoneses no se hicieron cristianos. Después de siglo y medio de evangelización, entre católicos y protestantes no llegan al uno por ciento de la población.
No he enumerado estos siete valores para sugerir que nosotros podamos o debamos adoptar las soluciones que Japón encontró a problemas que también nos afectan a nosotros aquí en España. Pero estoy convencido de que hay mucho que se puede aprender. Veamos lo que el Oriente hizo con la civilización occidental cuando comenzó a conocerla en profundidad a mediados del XIX. Las tres grandes naciones asiáticas, sobre todo China y Japón, que habían estado aisladas desde comienzos del XVII, se pusieron a aprender de nosotros casi todo en la vida moderna: ciencia, técnica, legislación, banca, música, pintura, letras, sistema político… Japón se modernizó en treinta años, desde 1868 hasta 1898. El abandono de la cultura tradicional llegó a tal extremo que el mismo Fukuzawa Yukichi, que había sido el más furibundo defensor de la occidentalización, tuvo que elaborar una lista de aquellos valores tradicionales que no debían desaparecer: el judo, la cerámica, la ceremonia del té, el ikebana o arreglo de floreros, el teatro Nô, el teatro kabuki, las marionetas, el sumó, la forja de catanas, la caligrafía, etc etc. China y Japón se modernizaron, pero conservaron, como no podía ser menos, su idiosincracia tradicional. Parecían ser como los occidentales, pero no lo eran. El ex secretario de estado americano Kissinger confesó que había necesitado un año para enterarse de cómo debía negociar con los japoneses. En los años sesenta nadie hubiera pronosticado entre nosotros que China tendría bien pronto un crecimiento económico tan espectacular. Japón ya lo había logrado en los años sesenta a ochenta. Durante cerca de treinta años el dólar se estuvo vendiendo en Japón a 360 yenes. Actualmente se vende a 117, menos de un tercio de su valor de entonces. ¿Quién lo hubiera previsto?
Señores, yo me he pasado treinta años hablando a los japoneses de las excelencias de la cultura española, desde Cervantes a Juan Ramón, desde el flamenco hasta Falla, desde Herrera hasta Gaudí, de Velázquez a Picasso, de Francisco de Vitoria a Miguel de Unamuno y un larguísimo etcétera. Hoy les he hablado sobre algunos de los valores desconocidos de la cultura japonesa. Podemos aprender los unos de los otros. Pero, además, estamos los unos y los otros enfrentados a los mismos problemas nacionales y globales. En Japón y España tenemos que luchar contra la telebasura, la justicia lenta, la contaminación, el machismo, el centralismo a ultranza, la manipulación de la información, las locuras del deporte profesional. Españoles y japoneses tenemos que contribuir a erradicar del mundo la escandalosa pervivencia del hambre y la miseria, de enfermedades fácilmente curables, de la ignorancia y el analfabetismo. Por eso, hay que acercarse a las culturas orientales, no como a fenómenos exóticos y ajenos, sino como a formas de ser en muchos aspectos ejemplares y , en ese sentido, nuestras.
Una amarga experiencia me ha llevado a ser muy cauto a la hora de enfrentarme con realidades japonesas que tienen un nombre familiar, pero que en el fondo son algo muy diferente. Así como el pino japonés no es nuestro pino, ni el cerezo japonés el cerezo del valle del Jerte, hay una serie de realidades que se definen con una palabra conocida, pero ocultan algo distinto. La monarquía japonesa nos parece una monarquía constituional al estilo británico o español. Pero el emperador japonés, el Tennô, no es un órgano del estado: está, y ha estado siempre, por encima del estado. Y aunque no ejerce, ni ha ejercido casi nunca a lo largo de la historia, el poder político, es algo así como el patriarca de la nación. Conozco a un japonólogo australiano que ha definido a Japón como “la última tribu”. Otros hablan, por la peculiar estructuración de su economía, de “Japón, Sociedad Anónima”. Recordemos que se trata de un pueblo étnicamente puro, en el sentido de que el único mestizaje apreciable en su historia se produjo en tiempos remotísimos, cuando confluyeron en el país una oleada de inmigrantes uralo-altaicos, de raza mongólica, y otra oleada de colonos de raza malaya, oriundos de las Filipinas y otras islas del sur. Estas dos razas se mezclaron de modo indisoluble y constituyen la actual casta japonesa, que adquirió una enorme consistencia y homogeneidad a lo largo de una historia vivida casi siempre en el aislamiento. Una educación uniforme, y el efecto unificador de la televisión han consumado la tarea. Japón es fuerte, entre otras razones, porque tiene una gran cohesión. Y es muy difícil penetrar en el mercado japonés si la empresa extranjera no llega a alguna fórmula de fusión, convenio o colaboración con alguna empresa japonesa.
Lo repito, hay que ser muy cautos a la hora de enjuiciar lo que es en Japón la monarquía, el amor, la libertad, el profesor, el trabajo, la amistad y un montón de palabras claves en cualquier sociedad.
El Centro Cultural Asiático tiene por delante una tarea ingente y todos debemos respaldarlo, al menos con nuestra simpatía y apoyo moral. Voy a terminar con un detalle simpático que espero comprendan. Voy a presentarles, leyendo sus nombres a los once valientes, los once de la fama, los once onubenses que bajo mi dirección han estudiado o están estudiando la lengua japonesa aquí en Huelva. Y lo hago para que se vea que este Centro que ahora nace tendrá una gran acogida por un grupo selecto de jóvenes interesados en el Oriente. Oíd sus nombres:
Miguel Angel Díaz Mariscal, maestro de informática, actualmente trabaja en el ayuntamiento de Huelva.
Gerardo Macías Prieto, pintor y caricaturista.
Juan Antonio Sánchez Avila, licenciado en historia por la onubense.
Manuel Lijó Pedro, licenciado en educación por la onubense.
Carlos Teixeira, hijo de portugués y española, licenciado de inglés por la onubense, actualmente casado con una japonesa, reside en Tokio.
Rafael Cerrejón, nieto del gran cantaor Paco Cerrejón, actualmente dedicado a estudios orientales.
Santiago Sáiz, hijo de un eminente catedrático de la onubense, al presente estudia periodismo en Barcelona.
Andrés Rodríguez, fotógrafo natural de Jabugo.
Gaspar Morgado, conocido empresario de Lepe.
Juan Lorca Carrero, de Valverde del Camino, autodidacta.
Y Rocío Franco, hija de un guardia civil, estudiante de turismo.
Hoy, 17 de febrero, es el cumpleaños de Antonio Cabezas (mi último samurai), que fue Catedrático Emérito de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto (Japón). Como homenaje hacia él, os quiero mandar este último artículo que escribió antes de su muerte. Casualidades de la vida, este artículo lo escribió en el día de su cumpleaños hace dos años hoy. El artículo se titula:
IMPACTO MUTUO DE JAPÓN Y LAS DEMAS CIVILIZACIONES
Puede afirmarse, sin errar demasiado, que en el mundo actual existen 5 grandes civilizaciones: Occidente, China, India, Japón, y el mundo islámico.
Primera oleada cultural
Japón recibió al comienzo de su historia el impacto de las otras dos culturas orientales: la India por su aceptación del budismo y la China por su adopción de la escritura, la ética social confuciana, cientos de artesanías y hasta la versión típica china del budismo.
El siglo ibérico
Japón comenzó a conocer Occidente con la arribada de los portugueses en 1543 y de los españoles cuarenta años más tarde. Las relaciones se mantuvieron hasta 1643. Los ibéricos introdujeron en el país innumerables avances culturales: productos agrícolas, conocimientos teóricos de astronomía, geografía y matemáticas, bellas artes (en especial, pintura y música), productos químicos y físicos (el jabón, el espejo, el aguardiente, el vino, las lentes y telescopios), técnicas metalúrgicas y navieras etc. En mi obra “El siglo ibérico de Japón” doy una relación detallada. Por otra parte, los misioneros ibéricos llegaron a convertir a más de 750.000 japoneses, pero la persecución general iniciada en 1616 y mantenida durante 250 años casi erradicó del todo la cristiandad japonesa y cercenó su posible influjo en la sociedad.
En estos primeros encuentros de civilizaciones Japón aportó muy poco, pero no porque careciera de valores inexistentes en China y Occidente, sino porque estas dos civilizaciones, superiores en conjunto, no se dignaron examinar lo que podían aprender.
La restauración de Meiji
El siguiente encuentro de civilizaciones tuvo lugar a partir de 1852, cuando las naves americanas forzaron la apertura de Japón, enclaustrado desde 1641. En treinta años gloriosos (1868-98) Japón aprendió todo lo que Occidente había avanzado en cerca de tres siglos. Miles de profesores ingleses, americanos, alemanes y franceses enseñaron en su propia lengua a los universitarios del Japón y los alumnos más aventajados fueron enviados a los países avanzados de Europa y América a perfeccionar sus estudios. Por decisión imperial el país entero se puso a abandonar los errores y deficiencias del pasado y a aprender de Occidente no sólo ciencia y ténica, sino todo, absolutamente todo. Daré una lista lo más completa posible, pero sin entrar en detalles.
. Ciencias y técnicas.
. Teoría económica.
. Una moneda nacional. Japón no la tenía.
. Abolición del feudalismo, que había durado 789 años, y de los señoríos.
. Abolición de las 4 clases sociales: samurai, labrador, artesano y comerciante.
. Apertura comercial a todo el mundo.
. Códigos legales escritos. Japón carecía de leyes escritas.
. Introducción de partidos y sindicatos.
. Educación de todo el pueblo, incluso de las niñas.
. Formación de un idioma único.
. Secularización y un estado no confesional. El shinto fue reducido a un ceremonial
patriótico.
. Comienzo de nuevos sectores productivos: industria pesada y ligera, ganadería,
pesca de altura, exportación…
. Adopción del calendario gregoriano, el sistema métrico y la semana (con un día
de descanso).
. Implantación de la meritocracia, según el historial académico.
. Impacto de las artes occidentales, sobre todo música, pintura, arquitectura y
literatura.
. Práctica masiva del deporte. Junto con la mejora de la dieta y de los avances
médicos, la estatura media creció, subió la esperanza de vida (siendo Japón
al presente el país más longevo del mundo) y se disparó la población, que
desde 1600 estaba estancada en 30 millones, hasta alcanzar actualmente los
125 millones.
. La urbanización invirtió el hábitat de la población. Hasta 1868 el 80% vivía en el
campo. Actualmente el 80% vive en ciudades de más de 50.000.
. Cambió el vestido y, en gran parte, también la vivienda.
. La prensa tuvo un gran impacto sobre la población.
Todos estos cambios mencionados tuvieron lugar antes de terminar el siglo XIX. La decisión de abandonar las formas tradicionales y copiar de occidente era tan exacerbada, que Fukuzawa Yukichi, uno de los principales defensores de esta política, tuvo que elaborar una lista de los valores tradicionales japoneses que no tenían por qué desaparecer. Se salvaron así el judo, la forja de katanas, el noh, el kabuki, el ikebana, el bunraku etc etc.
Pero hubo también otro tipo de excelencias culturales que no cambiaron, sin necesidad de recomendaciones de ninguna clase, respondiendo a un slogan de la época: “Inteligencia occidental y espíritu japonés”. Sobrevivió así el Japón entero:
(1) el sentido de disciplina, (2) el amor a la naturaleza, (3) la sensibilidad estética, (4) la cortesía, (5) el espíritu de trabajo, frugalidad y ahorro, (6) la cohesión y el compromiso, (7) el pragmatismo, (8) la hospitalidad, (9) la lealtad al propio grupo, (10) unas realciones laborales familiares (si se le quiere poner un epíteto derogatorio, “paternalistas”), (11) el predominio de la razón y la exclusión de la fe para solventar problemas ideológicos, (12) la delicadeza feminina, (13) los ideogramas y (14) un soberbio patrimonio cultural.
Esta vez Japón sí aportó cosas al intercambio cultural, pues Occidente aprendió de los ukiyoe, del haiku y del zen. Durante las últimas décadas del XIX y las primeras del XX Japón fue un paradigma de exotismo, buen gusto y sabiduría esotérica.
La postguerra
Tras la derrota de Japón en 1945 el país experimentó otros cambios profundos, siempre por inspiración de Occidente.
Se consumó del todo la liberación legal de la mujer y, lo que es más importante, la total libertad para casarse por amor, por elección propia, no por arreglo de la familia.
A partir de 1964 los japoneses pasaron a ser un pueblo de viajes al extranjero.
La nueva Constitución era pacifista y prohibía recurrir a la guerra para solventar los problemas internacionales.
Poco a poco se consiguió que el 85% de la población fuese de clase media.
Las fuerzas americanas impusieron una reforma agraria, que devolvió la tierra a quienes de verdad la trabajaban.
Se redujo el número de kanjis de uso general.
Apareció un nuevo zaibatsu, esto es, grupos de grandes empresas con otras trabajando para éstas en lo que se llama keiretsu.
Japón invadió (en el buen sentido de la palabra) los mercados mundiales.
La política, con el abrumador poder electoral del partido liberal-demócrata, que prácticamente gana todas las elecciones, goza de una envidiable estabilidad.
Japón se ve libre de las drogas, el paro, la delincuencia, el fanatismo religioso, las listas de espera en los hospitales.
La actualidad
El Japón actual, a partir de 1969, año en que rebasó a Alemania en PIB, para situarse como segunda economía mundial, sí influye poderosamente en el mundo, no sólo por sus productos industriales, sino también por sus ideas y gustos: artes marciales, el manga y los dibujos animados, la literatura, la cocina, el bonsai, el ikebana y el cine…
No olvidemos la ingente cantidad de matrimonios internacionales que se han celebrado desde 1945, ni los varios millones de emigrantes japoneses asentados en Brasil, USA, Perú, México, Argentina, Cuba…
Por todo lo dicho parecería que el intercambio cultural entre Japón y Occidente ha llegado a su límite, a su fin, porque ya no existe por parte japonesa nada que aprender de occidente, ni por parte nuestra nada que aprender de ellos. Esto nos sumerge en el centro del problema.
Quienes conocen a fondo Japón y alguno de los países occidentales – vamos a ceñirnos, para simplificar, a España – , saben que en Japón ha aprendido todo lo bueno que tenemos, ni nosotros todo lo que ellos tienen de valioso. En España padecemos una serie de problemas que Japón tiene resueltos y viceversa, Japón se enfrenta a ciertas deficiencias, que nosotros tenemos resueltas. Cuando alguien en Japón propone ahora que aprendan de España para solucionar este o aquel problema, los patrioteros responden que Japón no es España. Y lo mismo responden nuestros patrioteros cuando proponemos que España aprenda de Japón esto o lo otro. Admirables perogrulladas.
Los españoles conocemos muy bien nuestras lacras actuales: la lucha armada contra ETA, la crispación política, el paro y los contratos basura, el deterioro de la educación, las listas de espera en los hospitales, la droga, la inseguridad ciudadana, el tráfico, la politización de la iglesia y la vivienda.
Y los japoneses conocen también sus deficiencias: el infierno de los exámenes de acceso a la universidad, una educación excesivamente memorística, las facciones dentro de los partidos políticos, el exceso de trabajo, demasiadas normas sociales, el indiferentismo religioso, un excesivo consumo de fármacos, el conformismo ante el estado y las grandes empresas, el mito de su unicidad cultural impenetrable.
Basta leer estas dos listas para llegar a la conclusión de que algunas de nuestras miserias no existen allí y algunas de sus miserias no las padecemos aquí. Lo lógico sería estudiar por qué, y cómo han conseguido los unos solventar problemas que los otros no consiguieron resolver y viceversa.
Este análisis no se ha realizado porque para los japoneses España nunca ha sido un país modélico en cuestiones sociales y culturales. Y en España hemos solido aprender de Europa, no de Japón. Decía Ortega: “España es el problema y Europa la solución”. El caso es que tampoco los grandes países avanzados han mirado a Japón en busca de sabiduría. Decía Octavio Paz: “Japón nos ha enseñado a sentir, no a pensar”. Este “nos” del gran poeta mexicano no se refiere a México, sino a Occidente. Pero el caso es que Japón no nos ha enseñado ideas porque no nos hemos dignado conocer sus pensamientos.
Los rechazos de Japón
Hay algunos fenómenos culturales de Occidente que Japón no adoptó por decisión consciente y deliberada. Uno de ellos es el cristianismo. Los japoneses sienten una gran estima por la figura histórica de Jesús, pero se negaron a afiliarse a la iglesia, aunque se lo plantearon, debido a una serie de tesis que repugnaban a su sensatez: el infierno, el poder omnímodo del clero, la revelación de Dios a Israel y a unos cuantos judíos del siglo I y no a todos los hombres, la resurrección de la carne, la indisolubilidad del matrimonio, la prohibición de los anticonceptivos, la idea misma de una redención sangrienta. A pesar de no monstar interés alguno por convertirse, los japoneses admiran la labor caritativa y social de los cristianos, sobre todo de las órdenes religiosas dedicadas específicamente a aliviar el dolor del mundo.
En todo orden de cosas, los trabajadores no gozan de un mes de vacaciones pagadas (sólo quince dias y, si es posible, no de un tirón, para no desbarajustar la cadena de producción), ni se les concede permiso de paternidad. En Japón no hay oposiciones, ni la enorme cantidad de subsidios y ayudas que los gobiernos conceden en Europa por cualquier motivo, casi siempre con intenciones electoralistas. Las VPO son escasísimas y las concede el estado a los funcionarios que deben cambiar de residencia rápidamente. La vivienda es tan cara como en España, pero cada uno debe resolver este problema por sí solo, sin depender del abuelito estado. Menciono estas cosas para que veamos que Japón no imita ciegamente cuanto ve en Occidente, sino que antes de adoptar cualquier práctica pondera sus méritos y peligros.
Japón sin paro
Vamos a examinar de cerca el modo como Japón ha solucionado el problema del paro. Ante todo, no me digan que las cifras oficiales dan un 4 o 4’5% de desempleo. Hay que saber quiénes entran en las listas de paro. La inmensa mayoría son esposas cuyo marido trabaja, ganando lo suficiente para mantener la familia, pero como ya los niños son mayorsitos y no necesitan los cuidados de la madre en casa, ellas desean conseguir un empleo fijo, teniendo presente que si desean solamente trabajar por horas, hay innumerables ofertas en el mercado. En las listas del paro no se hallarán muchos jóvenes u hombres maduros. Existe un convenio social no escrito, según el cual las muchachas trabajan hasta el momento de casarse o hasta poco antes de su primer parto, pues a partir de entonces su trabajo está en la familia y en la crianza de los niños. Otro pacto social tácito, no refrendado por ninguna ley específica, sostiene que deben encontrar empleo todos los muchachos recién graduados de la universidad o de los centros de formación profesional, los cuales consiguen desde el principio de su carrera laboral un puesto fijo, percibiendo un sueldo suficiente para poder casarse y vivir modestamente. El grupo empresarial en su conjunto oferta cada año en abril un número de puestos de trabajo equivalente al número de graduandos, de forma que todos puedan trabajar después de haberse preparado durante 18 años. Como todos carecen de experiencia laboral y desconocen los detalles concretos de su tarea, durante los primeros seis meses deben permanecer en sus puestos de trabajo al terminar cada jornada, para recibir orientación y estudiar lo que necesiten. A casi nadie le interesa cambiar de empresa, porque la fidelidad y la veteranía se premian de modo especial. A grandes rasgos, tal es el esquema laboral de la gran mayoría de los japoneses.
Ante esto, muchos españoles arguyen que el arbitrio es machista, privando a la mujer de su derecho a mantener su puesto de trabajo después de casarse. Los japoneses responden que la diferencia de sexos no es una perversidad cultural o política, sino un designio de la madre naturaleza. Desarrollar el feto y amamantar al bebé son operaciones de la mujer, que no podrán atender adecuadamente a otros menesteres mientras sus hijos sean pequeños. Responden también que por encima del derecho de la madre a trabajar está el derecho de los niños a ser criados por su madre biológica. Pero la gran dificultad que encuentran los españoles en la solución japonesa es que en España el sueldo del marido no suele bastar para alimentar a la familia. ¿Cómo se consigue en Japón que las empresas paguen al marido lo suficiente? Los españoles pensaríamos en seguida en que existe una ley perentoria que obliga a las empresas a pagar lo suficiente, pero la tal ley no existe en Japón. Como en tantas otras cosas, se trata de un pacto social. La patronal sabe perfectamente lo que se necesita para vivir y sabe perfectamente que el empleado producirá más si está contento y no en un aprieto constante. El estado, por su parte, concede a las empresas una serie de privilegios, prebendas y beneficios, que dependen de que se mantenga la estabilidad social y la satisfacción general de la ciudadanía.
A diferencia de Occidente, donde todo se arregla con leyes y contratos escritos, en Japón basta con una armonía de pareceres y voluntades.
Japón sin delincuencia
Como resultado de esta situación laboral, no soprenderá que la pequeña delicuencia (digo pequeña para distinguirla de las mafias, de las que hablaré a continuación) sea prácticamente inexistente. Hay una eficiente policía de barrio, todos trabajan y ganan lo suficiente y las leyes castigan con severidad los delitos de robo con reincidencia. Estos tres hechos lo explican todo.
Japón sin drogas
¿Y la mafia japonesa, los famosos yakuza o bôryokudán? Existe, en efecto, y goza de buena salud. Se trata de grupos diversos, llamados kumi, cuyas oficinas no se esconden de la vista pública. En primer lugar, algunas de sus operaciones son legales: vigilancia, seguridad personal, promoción de artistas etc. Pero todos los grupos, o casi todos, se dedican a diversas actividades prohibidas por la ley: el juego (que es donde ganan más), la prostitución y las drogas. Pero aquí es donde se aprecia más el genio japonés para arreglar los problemas, negociando, si es preciso, con el propio Satanás. Por razones históricas, que ahora huelga pormenorizar, los grupos mafiosos japoneses son de extrema derecha, y cuando llega la hora de escoger entre los barones del partido liberal-demócrata al siguiente primer ministro, los grupos mafiosos intervienen de modo más o menos directo para canalizar los donativos políticos de la patronal hacia el candidato más afín. El caso Lockheed demostró que los grandes sobornos de esta empresa americana fueron canalizados a través de la mafia. Pues bien, cuando en los años sesenta la droga hizo su aparición masiva en Occidente, el gobierno japonés debió de celebrar ciertas negociaciones secretas con la cúpula del crimen organizado para que, a cambio de no introducir drogas en el país (que serían una ruina para la población entera), las fuerzas del estado dejasen actuar discretamente a la mafia en cuestiones de juego y prostitución. Y así se hizo. Los yakuza van a ciertos países del sudeste de Asia (Taiwan, Tailandia, Filipinas) para reclutar a muchachas, que entran en Japón con un visado de artistas por seis meses (periodo no renovable inmediatamente). En Occidente se considera indercoroso negociar con delincuentes, aunque a niveles inferiores, o no tan inferiores, exista cierta componenda entre las mafias de la droga y la prostitución y las fuerzas del estado, para no molestar demasiado a quienes, en realidad, satisfacen demandas sociales que o no dañan a nadie, o dañan sólo a los interesados, como en el caso de la droga… La mafia japonesa interviene en el mercado de la droga, pero no para introducirla en Japón, sino para canalizar la droga asiática hacia los países avanzados de Occidente, fundamentalmente los Estados Unidos.
Los contactos personales
El pueblo español, que no visita Japón en grandes números y que de los medios informativos recibe pocas noticias sobre aquel país, carece de medios para conocer la realidad nipona y, por lo tanto, ni soñará siquiera con las soluciones que en Oriente se han dado a algunos de sus problemas.
Pero los japoneses, sobre todo los jóvenes, sí visitan España, cada vez en mayor número, y poco a poco conocen nuestra realidad y la admiran por los valores de que ellos carecen: la libertad social más irrestricta, la cordialidad, la cultura del ocio, el rumbo, el predominio del sentimiento, la música, el humor… Existe un humor japonés, a veces el ingenuo de los manga, a veces el sarcástico y oscuro del cineasta Kurozawa, a veces tierno y melancólico de Kitano “Beat” Takeshi. Existe también el arte antiguo de contar chascarrillos (rakugo), pero aun así, los japoneses aprecian nuestro humor, cuando es traducible y no depende de juegos de palabras.
Y lo que ocurre en España con los jóvenes visitantes del Japón ocurre también en otros países occidentales (Italia, Francia, México, Brasil, Estados Unidos, Inglaterra…), de forma que de un modo natural, sin programación alguna premeditada, se está realizando una verdadera transformación espiritual de millones de jóvenes. No todo tiene que ser en este mundo política gubernamental. Los turistas europeos cambiaron a España en los años del franquismo, no por sus ideas políticas, sino por su forma de vivir.
El flujo cultural que surge del contacto directo entre los jóvenes no es unidireccional. Los occidentales aprendemos la disciplina, la ética de trabajo, la racionalidad, el espíritu de cohesión y compromiso, la apertura cultural, cortesía y optimismo de la juventud japonesa.
A nivel gubernamental, por su puesto, estos influjos difusos carecen de importancia, como que no existen. Los políticos sólo ven la difusión de la propia cultura que se realiza a través de los centros culturales oficiales, como el Instituto Cervantes, el Goethe, etc, o a través de exposiciones organizadas por los gobiernos, o de traducciones de nuestras letras a otros idiomas. Pero ni los gobiernos ni los medios se interesan por los miles de españoles que viven en medio de culturas distintas, ni por los contactos personales de extranjeros en nuestro país.
Las culturas, bien se ve, se difunden muchas veces a través de sucesos menudos y contactos personales desconocidos. Tal ocurrió también en épocas pasadas. Japón adoptó muchas cosas no por decisión expresa del gobierno japonés, sino por la libre voluntad de sus ciudadanos. Así se abrió en Japón el primer café de la historia. Mori Ôgai fue a Alemania para aprender medicina militar, pero leyó en alemán, y tradujo al japonés, “La vida es un sueño” de Calderón. El progresivo abandono del matrimonio arreglado (miai kekkón) tras la derrota de 1945 no se debió a una nueva ley, sino a la influencia del cine y la vida occidental.
La universidad
Aparte de los contactos personales, existe una institución a escala universal que puede contribuir enormemente a la difusión de las culturas. Es la universidad, pública o privada, que por su naturaleza se dedica a la conservación, el desarrollo y la trasmisión del saber. El descubrimiento de ciertas verdades nuevas choca casi siempre con intereses creados, con el status quo, con los poderes constituídos. Muchas de las innovaciones culturales, en Japón o en España, se han impuesto después de luchar tenazmente con ideas arcaicas, falacias ancestrales y espantadas típicas de la casta. Juan Pablo I confesó que hasta el Vaticano II él había creído devotamente en la bondad de la inquisición. En España se produjo la transición después de que los estamentos dirigentes hubiesen rechazado durante cuarenta años la democracia liberal como un error de Occidente. La universidad no se preocupa de que la verdad sea roja o azul, como a Deng Xiao Ping no le importaba que el gato fuera rojo o blanco, sino que cogiera ratones.
La universidad es el bastión de la verdad, que de ordinario se opone a la propaganda de los políticos, a los mitos populares y a la ignorancia de los profanos. La universidad no entiende de verdades reveladas ni de directrices partidistas. Hablando de Japón, los medios informativos han sido unánime en defender la hipótesis de que la profunda crisis financiera que padece el país desde 1990 se debió a defectos estructurales de su economía. La verdad histórica es que se debió al colapso repentino inesperado del bloque soviético, que provocó una transferencia de recursos del capitalismo mundial hacia los países recién salidos del comunismo, cancelando las inversiones que hasta entonces fluían hacia la bolsa y el suelo de Japón. Esto sí se ha demostrado, no la quimérica hipótesis de que nada menos que las estructuras económicas del país estaban mal diseñadas. Un país de estructuras deficientes no supera el PIB de Alemania en 1969 y 2007 posee un PIB superior al de Alemania, Francia y Gran Bretaña juntos, siendo cuatro veces superior al de China.
Japón figura entre los países con un sistema educativo más eficiente; y España, por diversas razones, entre los de educación más frágil. Los políticos españoles le echan la culpa a los padres, que se inhiben de cooperar, a la desidia de los estudiantes y a la impericia de los educadores; y se proponen arreglar las cosas reformando la ley de educación. Los educadores españoles le echan la culpa al gobierno, que no dedica a la educación los recursos necesarios y apelan para demostrarlo al exorbitante número de interinos. Ninguno atina con la causa más importante del desastre. Mientras en Japón el éxito laboral depende exclusivamente del historial académico de la persona, en España maldita la importancia que se le da. Aquí lo que valen son las oposiciones, muchas de cuyas plazas van para los enchufados del gobierno. Y a nivel de empresa, para los enchufados de la empresa. Y los muchacho, que no son tontos, se preguntan: ¿Para qué estudiar, si luego el mérito académico no se reconoce, ni sirve para abrirse un futuro?
Pero el escándalo más grande de la universidad española está en que en la mayoría de los centros los licenciados en historia no saben quién fue Minamoto no Yoritomo, ni los licenciados en bellas artes saben quién fue Hiroshige, ni los de literatura saben quién fue Hitomaro, ni los de estética saben quién fue Rikyû. Pero en Japón sí conocen al Cid, Velázquez, Cervantes o Antoni Gaudi. Por supuesto en España hay excepciones gloriosas.
Pero más importante que conocer los nombres es conocer la realidad: ver los grabados de Hiroshige, leer los poemas de Hitomaro, conocer directamente el ikebana o la ceremonia del té.
Los medios informativos
¿Cómo es posible que acerca de la segunda economía mundial nuestros medios informativos apenas nos den noticias? ¿Y cómo es que de las pocas que nos dan o la mayoría sea sobre la crisis financiera o sobre desastres naturales? Los medios parecen interesados en crear la impresión de que no es tan grande Japón como parece, que Aquiles tiene su talón vulnerable y que la Venus del espejo de Velázquez tiene una vértebra de más. Si hablan de Nueva York, no se olvidarán de los bloques cochambrosos de Harlem. Si de Manila, hablarán del famoso vertedero Smoky Mountain. Si de París, de las ratas de las alcantarillas. Todo ello halaga mucho a la soberbia de los lectores, que no toleran que se alabe mucho a otros países, como si ello derogara la excelencia del nuestro.
Ningún país es el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. Y los países grandes, como la Grecia antigua, como la España del renacimiento, son los que adoptan los valores de los demás sin complejos de ninguna clase y sin perder el tiempo demorándose en estudiar las miserias ajenas.
Recuerdo un largo programa sobre Japón en el que interveníamos Sánchez Dragó como moderador, Luis Carandel, Isidro Palacios, Federico Lanzaco y yo. Al terminar la primera parte, el productor o director del programa nos instó a mencionar algún defecto del país, porque no hacíamos más que alabar sus virtudes. Un contertulio se negó a criticar nada. Yo, por decir algo, mencioné el mito de que los extranjeros son incapaces de entender la cultura japonesa, un infundio muy extendido entre los intelectuales de Japón. Difícil sí, pero no imposible. Pero yo me preguntaba: ¿Qué beneficio reportará a los televidentes conocer los defectos o deficiencias de Japón, cuando hay tanto bueno que conocer para subsanar nuestros propios errores?
Antonio Cabezas
17-2-2008
Cristina Lagura Cabezas